Fútbol en los genes

Son palabras de , “Escogería a mis padres minuciosamente,” comenta el científico deportivo sueco Bengt Saltin, cuando se le pregunta qué pasos seguiría para llegar a ser un velocista olímpico.

Estas palabras contienen una verdad inevitable, según uno de los más destacados científicos deportivos de Europa, el profesor Tom Reilly. A la pregunta de FIFA.com acerca del grado en que el éxito deportivo, y en particular el futbolístico, está determinado por los genes, dice: “Tener dos padres bien dotados atléticamente daría a un individuo una enorme ventaja desde el nacimiento. Tener uno le daría ciertas garantías de una ventaja superior a la media”.

Hay muchos ejemplos de futbolistas cuyos padres jugaron al fútbol, al menos uno por cada una de las tres últimas ediciones de la Copa Mundial de la FIFA: Oliver Kahn, Youri Djorkaeff y Paolo Maldini, pero existen muchos más sin ningún antepasado en el deporte rey. Por otra parte, nacer en una familia dedicada al deporte no ofrece ninguna garantía de que el niño vaya a destacar en su actividad física.

No obstante, los antecedentes familiares pueden al menos proporcionar algunos de los rasgos físicos necesarios, según el profesor Reilly, que es Director del Instituto de Investigación para las Ciencias del Deporte y el Ejercicio en la Universidad John Moores de Liverpool. A diferencia de deportes como el baloncestos (altura) o fútbol americano (masa corporal), el fútbol no requiere de “regalo” genético especiífico. Si los atributos requeridos para un futbolista de primera categoría se pueden desglosar en “facultades físicas y fisiológicas, facultades cognitivas y facultades deportivas”, heredar las dos primeras no cabe duda de que representa un privilegio.

“En el fútbol se heredaría una buena porción de la constitución relacionada con las facultades para los deportes de resistencia, y estamos considerando el fútbol como un deporte de resistencia porque lo es: dura 90 minutos, se juega a un ritmo rápido, y hay que ser capaz de recuperarse con rapidez”, asevera Reilly, profesor de la universidad que estableció el primer título en ciencias del deporte del Reino Unido durante la década de los setenta.

“También es un deporte de velocidad, de modo que hay que ser rápido además de resistente. Si no se nace con un nivel razonable de dotes naturales, el entrenamiento no podrá alcanzar el umbral de la excelencia”.

“Las características físicas incluyen una altura apropiada, habilidad para saltar, que depende de la musculatura, y capacidad para correr y mantener un buen ritmo durante más de 90 minutos: eso es función del sistema de transporte de oxígeno a las células. Hacen falta toda una serie de atributos fisiológicos, así como la aptitud para hacer y soportar entradas y para resistir los impactos propios del juego”.

Aunque aún no se han identificado los genes relacionados con el buen desempeño deportivo, la ciencia puede al menos calcular las probabilidades que tiene un individuo de heredar ciertas cualidades físicas. El profesor Reilly ofreció las siguientes estimaciones: “La altura es heredada en un 85 por ciento; la fuerza de las piernas en un 80 por ciento más o menos; la grasa corporal, en menor medida: hasta un 50 por ciento; la forma del cuerpo puede ser un poco menos. En cuanto al valor máximo de captación de oxígeno, varía, pero es probable que sea muy elevada”.

Pero el valor de estas prestaciones tiene un límite, por supuesto. El manejo del balón (“disparar, pasar, regatear, controlar, cabecear, etc.”) es esencial, como lo son las facultades cognitivas (“cuándo iniciar una carrera, en qué ángulo, la sincronización, la anticipación”). A semejanza de las dotes físicas, algunas personas nacen provistas de estas otras habilidades: una aptitud innata para los juegos con balón parece animar a la familia de Gary y Phil Neville, los hermanos futbolistas del Manchester United y de la selección de Inglaterra, cuya hermana Tracey representa a su país en el netball, un deporte similar al baloncesto practicado especialmente por mujeres.

El talento natural debe ser cultivado
Cualesquiera que sean las dotes de un determinado individuo, el desarrollo de sus facultades requiere práctica, y el talento natural no florece sin cultivo. Un caso interesante a este respecto es el del mediocampista inglés Shaun Wright-Phillips y su hermano Bradley, que juega en el Manchester City. Bradley es el hijo biológico del otrora delantero inglés Ian Wright, y Shaun es su hijo adoptivo, pero ambos se beneficiaron del influjo paterno. En efecto, Shaun, cuyo padre biológico no era deportista, recuerda que no le dejaban entrar en casa hasta no haber completado los ejercicios de entrenamiento que tenía que hacer en el jardín.

Según el profesor Reilly, el ejemplo de los hermanos Wright-Phillips ilustra la importancia del trabajo duro, así como de un buen adiestramiento. “Para empezar es necesario haber heredado un buen nivel de atributos físicos, pero luego los factores de mayor influencia en el rendimiento futbolístico serían la motivación y los apoyos que hacen falta para empezar a jugar, para seguir practicando la disciplina, para disfrutar con el desarrollo de las habilidades pertinentes, y para meter las horas de entrenamiento que exige el éxito en las categorías superiores.

“De modo que, aunque los hermanos Wright-Phillips sean diferentes físicamente, en su dedicación al deporte es muy probable que compartan fuertes influencias por parte de compañeros, padres, colegas y demás personas que desempeñan el papel de mentores durante el crecimiento”. Y cuando, como en este caso, un padre conoce todas las trampas en las que se puede caer en un deporte, su aportación siempre será positiva.

Fuente: FIFA.com